22 agosto 2013

9.4. DE LO QUE DIOS QUIERE SALVARNOS



9.4. DE LO QUE DIOS QUIERE SALVARNOS

 Somos ciegos y nos esforzamos por continuar siéndolo, así es que no vemos que El Don Que Dios nos Hace al permitir que tropecemos, es un Bien y no un mal, que el mal nos lo estamos provocando nosotros mismos.

 Tenemos la costumbre de quejarnos, acusar y de lamentarnos, preocuparnos y pelear, por ello, tratamos a Dios como a uno mas y lo culpamos de las desgracias que nos provocamos, de aquello que buscamos cuando no hicimos nada mas que dedicarnos a nosotros mismos, al orgullo, a la ambición todo el tiempo.

 Como no hicimos mas que lo que se nos ocurrió siempre, lo que hemos cosechado es esa rebeldía que nos devora, consume, maltrata y se impone exigiéndonos que la satisfagamos, es decir, que nos esforcemos por continuar siendo rebeldes, egoístas, desamorados y preocupados exclusivamente por nosotros mismos.

 Dios no nos perjudica al permitir el tropiezo, al contrario, esta amándonos, nos beneficia, debido a que impide que sigamos enterrándonos en nosotros, que continuemos encerrándonos en el abismo de nuestra nada caprichosa, obtusa, rebelde y desamorada.

 Nos da la oportunidad de abandonar el mal camino, de dejar de preocuparnos solo y siempre por nosotros mismos y de dedicarnos a satisfacernos como si de una cuestión de vida o muerte se tratase. Todos tenemos la opción, porque así Dios lo ha querido para bien de muchos, como todos tuvieron la oportunidad de ver y reconocer al Señor cuando visitó su pueblo.

 El problema siegue siendo el mismo, como entonces, seguimos rechazando al Señor, renegando de Él, repudiándolo, enterrándonos en nosotros mismos adorándonos, llenándonos de amor propio, mintiéndonos para considerarnos dioses y exigir que nos adoren, miren, tomen en cuenta, etc.

 A todos Dios nos da la oportunidad de crecer en el Bien y en lo Bueno, es decir, de amar, perdonar, de abandonar el camino odioso y resentido del constante y egoísta dedicarse a sí, el emperrarse en hacerse adorar y obedecer, pero, como sucedió siempre, nos negamos a Dios, renegamos de Él, repudiamos Su Voluntad.

 Rechazando la oportunidad de ser verdaderamente humildes, es decir, de ser almas que aman a Dios y lo expresan no con palabras, sino obedeciéndolo, realizamos un acto de rebeldía y desprecio tal hacia Dios que nos deja marcados con la señal de la bestia, es decir, anarquía, desamor a Dios, amor propio, preocupación por sí, capricho, vanidad, orgullo, apego a sí, al mundo y a lo que es del mundo como a los que son del mundo.

 Nos dejamos ganar por el miedo, dominar por la rebeldía y acabamos renegando de Dios, rechazándolo, repudiándolo y renegando como si eso fuese bueno, no queriendo crecer, madurar, no queriendo abandonar caprichos, histerias, berrinches, desplantes, desprecios, etc., que son propios de la inmadurez espiritual, de la falta de amor verdadero a Dios.

 Si Dios nos corrige es por y para nuestro Bien, no es un al, pero, como somos orgullosos, defendemos el orgullo renegando de Dios, resistiéndonos a aceptar que Él tiene razón, que Él dice la Verdad y que nosotros estamos en el error. Ahí es donde como adolescentes resentidos o como nenes caprichosos, buscamos consuelo de que otros nos adoren, miren, conformen, etc., satisfaciendo el orgullo y evadiéndonos de la verdad y de la realidad, internándonos de esta manera en tinieblas y regenteando demonios que solo pueden y quieren arrastrarnos a la perdición, que buscan lo que siempre desearon, hacer que odiemos a Dios.

 Cuando Dios nos corrige, debemos sentirnos felices, pero, obramos al revés, nos vemos como desgraciados, decimos que estamos maldecidos y renegamos, nos enfurecemos, peleamos, y nos esforzamos por volver atrás, por dedicarnos otra vez a nuestro orgullo-amor propio, enterrándonos por ello completamente en tinieblas.

 Considerar que, cuando advertimos un nerviosismo angustiante, histérico y desesperado, es porque estamos haciendo un esfuerzo inútil por hacernos ver, reconocer, adorar, etc., enterrándonos en tinieblas, apartándonos de Dios, eligiendo al adversario, y es de esto de lo que El Señor Quiere Salvarnos.

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